Josan Ruiz
  DIRECTOR
  josan-ruiz@rba.es
Editorial julio Nº 219
La vida como espectáculo

Si alguien lo lograse, sería aclamado como el mayor genio que alumbró la humanidad: crear una rosa o un grano de trigo a partir de materia inerte. Esas proezas nos superan, aunque se produzcan millones de veces por segundo. Habituados a ellas, hemos acabado por darles la espalda o, a lo sumo, por manipularlas genéticamen-te y patentar los resultados. Parece más sugerente admirar las flores o las espigas en una pantalla de alta defi-nición. Y si se prefiere un papel más activo, navegar por los mundos que recrea la realidad virtual. La existen-cia se enriquece gracias a esas hazañas tecnológicas, pero en cierto sentido también se empobrece. Al valorar cada vez más todo cuanto exige cierta acción –desde tomar fotos a ir de compras– desatendemos las cosas que simplemente suceden por sí mismas.
El verano es una estación divina para disfrutar de un atardecer, pero ¿quién se lo permite? No es preciso acudir a un cine en 3D, basta con tener la audacia de sentarse en un lugar familiar –balcón, jardín, poyo...–. En caso de duda, se puede observar a algún abuelo. Cuanto más sereno, in-móvil y atento se permanezca, tanto mejor. No se requiere equipamiento deportivo ni auriculares. Solo atender la información que fluye en banda ancha. Los cambios de luz conforme declina el sol ponen fondo al vuelo de los pájaros. Quizá llegan sonidos desde lugares inauditos. La brisa es más fresca y trae fragancias nuevas. Una nube llama la atención. Se cierran las amapolas o las flores de manzanilla... y las personas retornan a su hogar, cumplidas las tareas del día. El verano tiene eso: la calle vuelve a ser un bien colectivo, un espacio donde compartir la vida. Cada verano somos un año más viejos, ¿más sabios? ¿menos apasionados? Por suerte, de-pende de uno mismo.Si alguien lo lograse, sería aclamado como el mayor genio que alumbró la humanidad: crear una rosa o un grano de trigo a partir de materia inerte. Esas proezas nos superan, aunque se produzcan millones de veces por segundo. Habituados a ellas, hemos acabado por darles la espalda o, a lo sumo, por manipularlas genéticamen-te y patentar los resultados. Parece más sugerente admirar las flores o las espigas en una pantalla de alta defi-nición. Y si se prefiere un papel más activo, navegar por los mundos que recrea la realidad virtual. La existen-cia se enriquece gracias a esas hazañas tecnológicas, pero en cierto sentido también se empobrece. Al valorar cada vez más todo cuanto exige cierta acción –desde tomar fotos a ir de compras– desatendemos las cosas que simplemente suceden por sí mismas.
El verano es una estación divina para disfrutar de un atardecer, pero ¿quién se lo permite? No es preciso acudir a un cine en 3D, basta con tener la audacia de sentarse en un lugar familiar –balcón, jardín, poyo...–. En caso de duda, se puede observar a algún abuelo. Cuanto más sereno, in-móvil y atento se permanezca, tanto mejor. No se requiere equipamiento deportivo ni auriculares. Solo atender la información que fluye en banda ancha. Los cambios de luz conforme declina el sol ponen fondo al vuelo de los pájaros. Quizá llegan sonidos desde lugares inauditos. La brisa es más fresca y trae fragancias nuevas. Una nube llama la atención. Se cierran las amapolas o las flores de manzanilla... y las personas retornan a su hogar, cumplidas las tareas del día. El verano tiene eso: la calle vuelve a ser un bien colectivo, un espacio donde compartir la vida. Cada verano somos un año más viejos, ¿más sabios? ¿menos apasionados? Por suerte, de-pende de uno mismo.