En su maravilloso libro Los Elementos, Theodore Gray inicia así su gran viaje por la tabla periódica: «Nuestro Sol consume 600 millones de toneladas de hidrógeno por segundo, para convertirlo en 596 millones de toneladas de helio. Piénsalo: 600 millones de toneladas por segundo. Incluso de noche». ¿Qué pasa con los restantes cuatro millones de toneladas? Se convierten en energía, siguiendo la famosa fórmula de Einstein (E=mc2). Alrededor de un kilo y medio de esa magna cifra llega a nuestro planeta cada segundo transformada en luz y calor. Con esa calderilla solar se calienta la Tierra, crecen las plantas y pueden comer los animales. O se gesta la lluvia, que restaurará la pureza del agua. La generosidad del Sol supera a la de cualquier héroe y no es extraño que tendamos a imitarlo. Nos gusta echar leña o petróleo al fuego, consumir, invitar... Por desgracia, en vez de crear elementos más grandes (helio) a partir del más pequeño (hidrógeno), generando energía en el proceso, hacemos más bien lo contrario: fragmentamos el uranio –el más grande y pesado– para obtener calor y basura radiactiva. Separar parece mucho más fácil que unir. Interiorizar estas ideas puede ser provechoso para nuestras vidas, y más ahora en que palabras como crisis, deuda, contaminación... nublan el paisaje. ¿Existe un camino para que, a partir de lo más simple, que en nuestra alegoría sería el hidrógeno, ese elemento que solo tiene un protón y un electrón, podamos sentir que nuestra vida discurre felizmente y que además tenemos energía para regalar? Seguro que todos contamos con una experiencia positiva o con una pista para emprender esa indagación personal. Y ojalá que algunos artículos de este número, que sale en el corazón del invierno, puedan contribuir a ello. |
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